
Se me acerco por la espalda, como para evitar que pudiera defenderme, la voz no era la mía, pero quería parecerse. La reconocí con horror.
Se acerco a mi oído y me dijo:
-¡Cata! ¿Por qué no dices nada?-
Un silencio muy largo fue mi contestación. Sus ojos no dejaban de mirarme, y yo por el contrario la esquivaba.
Resueltamente le conteste:
-Mi otro yo no quiere que te diga nada…-
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